Tráfico.
Por Bernardo Borkenztain.
¡Por favor! Que el adiós no se alargue
me cansé de tanto esperar
cuando el fuego crezca quiero estar allí
un cordero de mi estilo
a un caníbal de mi estilo
un cordero de mi estilo
a un caníbal de mi estilo.
Carlos Solari
Big Bang
Al llegar a la sala, el dispositivo escénico impacta por su sobriedad y por el frío que proyecta. Una moto, una parada de ómnibus y la oscuridad que sugiere noche, soledad y frío. Un hombre musculado está inquieto, cambia de posición, de vestimenta, y mueve objetos que saca de un bolso que tiene junto a sí. Pronto sabremos que se llama Álex, que es un joven que vende su cuerpo a quien lo pague, hombre o mujer, y que se precia de su virilidad y masculinidad superlativas. Esta será su historia, entramos al universo de su vida y –como todas las autoficciones de Sergio Blanco– será un viaje de belleza, horror, sexo, violencia, y –como todo universo– nacerá de un acto de violencia para terminar en otro.
Felipe Ipar toma una decisión acertada en el dispositivo al agregar la parada; comparada con filmaciones de otras puestas, es más impresionantes, pero no es de descartar que la presencia escénica de Serantes tenga parte de la responsabilidad. No nos adelantemos.
Singularidad
Tráfico es un texto de 2018 que Sergio Blanco inscribe en su serie autoficcional (y que por ende forma parte del “blancoverso” que incluye diferentes versiones ficticias de muertes y destinos de una alteridad del mismo dramaturgo que muere, sufre y renace solo para volver a sufrir muertes diferentes). En este sentido, Blanco juega al límite con el papel de demiurgo que el autor tiene en su universo ficcional, pero pagan las consecuencias sus alter-ipses, los diferentes personajes que llevan su nombre y solo parte de su realidad en escena.
En esta puesta se conjugan al menos tres elementos singulares; el primero es que Blanco escribió el texto para ser interpretado por Wilderman* García Buitrago y en este caso lo interpreta Sebastián Serantes; el segundo para ser dirigida por él mismo, mientras que en este caso delega la dirección (quizás, más que delegarla obedeció a razones de fuerza mayor) en el joven talento de Felipe Ipar; y e n tercer lugar, no menor, es la única obra de la serie en la que la voz narrativa no está dominada por el alter-ipse del autor, sino que este es un personaje del que nos enteramos a través de la infrasciencia de Álex, el protagonista, que sabe menos de lo que cuenta, por lo cual sus palabras portan el discurso de El Francés, ese misterioso profesor, dramaturgo y amante que lleva el nombre de Sergio Blanco y solo aparece cuando su deseo lo lleva, cambiando el destino de Álex, que pasa de vencedor de los hombres (eso significa “Alexandros” y sus derivados) a su víctima propiciatoria.
Inflación
En los primeros instantes de existencia de nuestro universo, experimentó lo que se conoce como inflación, el pasar de una no-existencia a ocupar su dimensión infinita en el espacio y tiempo que nacieron junto con él. De la misma manera la vida de Álex parece empezar cuando conoce a El Francés: de ser un simple gigoló que se vende en una plaza, con más o menos oficio, a conocer que existe un mundo de refinamientos como hoteles y perfumes de lujo, pero también museos, libros y música.
El registro de actuación de Serantes siempre es sobrio, pero Ipar logra llevarlos al límite en los momentos en los que la violencia del relato lo requiere, o no, logrando un efecto anticlimático (en un momento en que el protagonista golpea a su pareja y relata el hecho de manera desapasionada) que es aún más violento.
Se nota en toda la puesta el respeto del director por el dramaturgo. Si se atreviera a hacer lo que el propio Blanco (director) le hace a sus textos, y lo matara en escena, siendo inobjetable la puesta, seguramente hubiera sido aún más potente.
Pero el parricidio teatral, siendo parte del crecimiento del artista y del filósofo –basta recordar el brindis de Gorgias en la parábola de Rodó: “Por quien me venza con honor en vosotros”– lleva tiempo.
Colapso
El Francés sabe su oficio mejor que Álex, se hace un vicio para él. Cada vez que aparece La Jenny, pareja oficial de Álex, siente el peligro del hogar amenazado. No es un cliente, es una fuerza que lo aleja, que le pone ideas en la cabeza y que, al final, lo hace entrar a un oficio más peligroso. En lugar de vender su cuerpo, Álex se convierte en sicario para La Organización, un grupo criminal altamente compartimentado del que nadie conoce la estructura (y por esto debemos entender que el que no conoce es Álex, que ya dijimos es infrasciente). Con su habitual eficiencia, luego del primer “encargo”, se convierte en “el empleado del mes” y cumple con todos los que vienen luego, incluyendo los convenientes alejamientos posteriores que en su barrio empiezan a generar sospechas.
A todo universo, una vez se le agota la energía de expansión, le llega el momento del colapso, y el de Álex no es la excepción: tragedia.

Hamartia
Esta sección lleva por nombre el error que propicia la caída de los héroes trágicos, pero Álex no es el protagonista de una tragedia, ni sus múltiples referencias crísticas (como los epígrafes, los 33 años, su devoción por la Virgen y otros presentes en el texto y que Ipar sabiamente omite) lo hacen parecido a un héroe.
Y ese es el problema. Esto es el blancoverso, y siempre, única, obsesiva y solamente podemos hablar de la vida de Sergio Blanco. No puede haber otro protagonista. Álex es Horacio, que solamente quedó vivo un rato para contar la historia de manera karmática, pero la areté, la virtud heroica, esa marca distintiva, no la tiene.
Álex no entiende que, pese a su enorme (en el sentido anatómico solamente) hombría, esta solo le ha propiciado ser el instrumento del deseo de otras personas. Él es un objeto del que otras personas se sirven para sus propios fines. Si tiene suerte, son clientes que respetan las transacciones, pero El Francés no es una suerte, si amas a tu padre o a tu madre más que a él no sos digno de él, y así desplaza a la única persona que sí se preocupa por él, La Jenny, y por eso no entiende, pero tampoco le cuesta adaptarse a La Organización, alguien toma una decisión y él la ejecuta. Una vez más, es el objeto pasivo de la voluntad de otro.
Álex es profundamente misógino; pese a ser bisexual, el sexo con mujeres le parece, en el mejor de los casos, algo irrelevante, pero, además, es violento con su pareja y –exceptuando a su madre y la Virgen (a quien reza luego de cada “trabajo” sin entender bien el concepto de arrepentimiento)– su rechazo por lo femenino permea la obra, llegando a despreciar incluso a sus clientes más afeminados.
No es de extrañar que, cuando un objeto pasivo se rebela y pretende tener voluntad su creador lo destruya, no le fue bien al Golem, ni al protagonista de Las ruinas circulares, ni a Calibán. Cuando Álex quiso ser humano y adueñarse de la titularidad de su deseo, El Frances lo abandonó y La Organización puso precio a su cabeza. No queda claro que fueran dos cosas separadas causalmente: después de todo, fue el primero quien lo llevara a ese trabajo. Álex no sabía arameo para preguntar “lemá sabactani”, pero el cáliz no fue apartado.
Big Crunch
Al final de su relato, ambientado por las bellas elecciones musicales de Ipar, Álex cuenta cómo su veloz escape en la moto que le regalara El Francés fue interrumpido por el estampido y luego el impacto de las balas letales.
Error del escritor: una bala subsónica es la única que permite que la víctima escuche el disparo antes de que la mate, pero no puede alcanzar un blanco que huye a alta velocidad… pero es un error solamente en el mundo prosaico de la física y sus leyes draconianas. En el de la poesía, las leyes son otras.
El problema es que el sacrificio de este cordero que no lavó los pecados de nadie, que solamente actuó por medio del paráclito igualmente fallido que permaneció oculto tras su relato, nos deja con la convicción de que no nos convino que se fuera.
El blancoverso sigue condenado al eterno retorno de la perversión, la muerte y el teatro…
*Nomen est omen, o el nombre es presagio: “Wilderman” significa “el hombre más salvaje”.
Dramaturgia: Sergio Blanco.
Dirección: Felipe Ipar.
Actuación: Sebastián Serantes.
Escenografía y vestuario: Nicolás Cabanelas.
Iluminación: Renata Sienra.
Diseño sonoro: Emiliano Boné.
Fotografía: Manuel Ipar y Felipe Pampín.
Diseño gráfico: Enzo Vogrincic.
Adaptaciones digitales: Nicolás Batista.
Comunicación y prensa: Sebastián Angiolini.
Asistencia de dirección: Ana Goycoechea.
Producción general: Sebastián Pintos.