Impresionante desempeño del BNS

 

Gala de Ballet IV

Con tres años recién cumplidos desde que el maestro Julio Bocca aceptó el desafío de tomar las riendas de la dirección artística del Ballet Nacional Sodre, y preparándose para celebrar en 2015 sus ochenta años de historia, el elenco estatal brindó una de sus más notables performances en el marco de la Gala de Ballet IV.

Quienes han seguido atentamente los pasos del BNS bajo la tutela de Bocca, seguramente guardarán para sí innumerables escenas de esas que alimentan la pasión de los balletómanos: como aquella de María Noel Riccetto, impecable, interpretando la escena de la locura en Giselle o la de las parejas que parecían volar por el escenario en Nuestros valses o la fuerte personalidad que comenzaba a dibujar todo el elenco en Doble corchea.

En estos tres últimos años también se pudo apreciar la versión completa de El lago de los cisnes (algo que los amantes del ballet nunca se cansan de ver) y piezas más contemporáneas como Un tranvía llamado Deseo, que le valió a la solista Rosina Gil ser mencionada como una de las mejores cien bailarinas del mundo por la revista Danza Europa.

Hubo muchas más piezas estrenadas por el BNS: Donizetti variations, Adagietto, Percusión para 6 Hombres, Tango & Candombe, El Corsario, El Cascanueces, La Bayadera, The Leaves Are Fading, Without Words, Tres hologramas, La viuda alegre, Instantáneas, y La Sílfide. Todas esas producciones confirmaron a la compañía nacional como un elenco profesional capaz de producir espectáculos de danza clásica, moderna y contemporánea.

Pero fue durante la Gala IV, y más particularmente con la puesta en escena de la complejísima obra del genial coreógrafo estadounidense William Forsythe, In the middle somewhat elevated (1987), que la compañía nacional se posicionó definitivamente como un elenco a la altura de cualquier otro cuerpo de baile internacional, con bailarines versátiles y bien entrenados a la par que otros elencos más renombrados.

In the middle… es una pieza abstracta, de gélida belleza, creada por Forsythe para la Ópera de París y con Sylvie Guillem en el elenco original. En la obra, los bailarines parecen prepararse para una clase de ballet y progresivamente van realizando toda clase de hazañas milimétricamente diseñadas con explosiva energía. La dificultad de esta pieza radica no sólo en la complejidad de las formas propuestas por el coreógrafo (que además de ser complejas son de una plasticidad, fluidez y creatividad abrumadora), sino en que por momentos los bailarines deben ejecutarlas con un eje desplazado de la vertical, y con un fuerte contraste de las dinámicas, que imprime a toda la obra un carácter muy personal y particular.

Además, la obra requiere de los intérpretes un cuidadoso trabajo de partener, así como una exacta sincronización con la música de Thom Willems (1955) realizada en colaboración con Leslie Stuck, una composición electrónica con nervio y empuje que por momentos suena como una obra en construcción. Tanto Willems como Forsythe se empeñan en esta pieza en deconstruir las más profundas estructuras del lenguaje clásico, académico, y explorar nuevos y prometedores horizontes para la música y el ballet. El resultado es asombroso y los bailarines del BNS están a la altura de esta coreografía impactante que requiere pulidas herramientas técnicas, agilidad, elongaciones sobrenaturales y puntas de acero.

En una página del Teatro Marinsky de San Petersburgo, con una reseña de Willems firmada por Eva-Elizabeth Fischer, hay una clara explicación de los intereses del compositor: recrear la melodía de las civilizaciones urbanas, como Ámsterdam, Tokio y Nueva York. Los sonidos sintetizados que propone son fácilmente reconocibles, como el que puede sentirse  en una casa con las ventanas abiertas en una calle muy transitada. Incluso si las ventanas están cerradas, los sonidos a veces rítmicos, a veces distorsionados, no nos dejan olvidar la presencia de la megalópolis allí afuera.

 

También los bailarines, con una frialdad raras veces vista en una pieza de ballet contemporáneo, dan una sensación de frío desenvolvimiento en una selva de cemento. Una nota publicada en la revista de danza SusyQ lo define de la siguiente manera: “Encerrados en el escenario, como obligados a bailar, los nueve intérpretes sin entusiasmo alguno e incluso con cierto desdén, se dedican en una sucesión permanente de solos, duetos, tríos y trabajos de conjunto, a hacer las proezas más virtuosas que exige la técnica clásica con milimétrica perfección. Esta suerte de desmitificación del virtuosismo y descalificación del estrellato forma parte de la filosofía de Forsythe, que parece gritarnos que las etoiles y sus proezas están sobrevaloradas”.

Sin embargo, al verlos realizar esa inusitada clase de danza en la que bailan al límite y frente al dominio imponente de movimientos de brazos, piernas y giros, uno no puede menos que admirarlos.

Pero, por sobre todas las cosas, esta pieza habla a las claras de la necesidad del coreógrafo de reformular el lenguaje del ballet, crear más allá de sus estrictos límites, sin desmerecer todo su legado pero ampliándolo y redimensionándolo. En tiempos en los que desde el ruedo de la danza contemporánea se pregona el agotamiento de ésta, y se concibe a la coreografía como algo que requiere la entrega a las voces dominantes de los maestros (vivos o muertos), algo que implica someter el cuerpo a duros regímenes disciplinarios, y se la tilda de “máquina asediante, una ladrona de cuerpos”, los argumentos parecen hacerse añicos ante una coreografía magistral, siempre agradable de ver y –supongo que– de bailar. Es precisamente acercando piezas como ésta, cuando el BNS da en el blanco.

El programa abrió con Sinfonietta (1978) de Jirí Kylián, una obra que, si bien no parece ser la mejor muestra del importante y sofisticado trabajo desarrollado por este coreógrafo checo, es la pieza que lo llevó a posicionarse internacionalmente y llegar al Nederlands Dans Theatre. Si bien al comienzo la música de Leoš Janáček, en su afán de celebrar el hombre checo libre, suena un poco más elevada que los bailarines, es hacia el final (cuando la coreografía se torna más vertiginosa, vital y terrestre) que esta Sinfonietta suena mejor.

Al cierre se pudo ver Consagración de la primavera del coreógrafo argentino Oscar Araiz sobre música de Igor Stravinsky. Cabe destacar que ésta es una obra que ha dado lugar a innumerables versiones. Entre las más destacadas hay que mencionar la de Maurice Béjart y el Ballet del Siglo XX, y la de la genial Pina Bausch. Araiz, formado con Dore Hoyer, Renate Schottelius, Maria Ruanova y Tamara Grigorieva, es un coreógrafo de extensa y reconocida trayectoria. El coreógrafo argentino logra impactar con su puesta en escena de una pieza que surgió de un sueño molesto para el público, y acaba de cumplir cien años de permanente presencia sobre los escenarios.

Tal como lo mencionan desde el propio BNS, “estos tres años de gestión constituyeron tiempos de cambios y adaptaciones a nuevos entornos y desafíos; tiempos de dedicación y sacrificio, ajustes y aprendizajes para todos; han sido tiempos de puesta a prueba y puesta en marcha de nuevas lógicas de trabajo, de nuevas metas artísticas y de gestión. Han sido tiempos de aciertos y errores. Han sido tiempos donde se logró poner en contacto el arte con los ciudadanos y sus imaginarios”.

 

Gala de Ballet IV

Ballet Nacional del Sodre (BNS)
Dirección: Julio Bocca.
Sinfonietta / Coreografía: Jirí Kylián.
In the Middle Somewhat Elevated / Coreografía: William Forsythe
Consagración de la Primavera/ Coreografía: Oscar Araiz.
Lugar: Auditorio Nacional Adela Reta. Mercedes y Andes.
Funciones: del 23 de mayo al 2 de junio.
Reseña: función de estreno.